Despierto en un harén con divinidades de O.T. mientras festejan las «Jornadas del mariachi (volumen 3)», oyendo cómo destrozan una canción de Massive Attack ejecutada con congas, un guitarrón sin cuerdas y siete trompetistas en equilibrio subidos a una mísera caja de cervezas Coronitas. Mi habitación es como una conjura de ruidos y campanas delirantes de más de cien catedrales (como cuando se gana un mundial de algo). Cuarenta y cinco minutos de escalas “desafinantes” y serenatas, subiendo y bajando, junto a varios corridos (…). Un pecado mortal.

Nunca me quedé atascado en un único punto de vista, ni con 20 años, ni con 30. Ya tengo 50, así que me doy tres segundos para pensar en varias soluciones a fin de salir de este infierno: o bien impulso mi cuerpo para que empiece a convulsionarse al ritmo de la canción “¡Ay Jalisco no te rajes!” (en versión descarte del disco Mezzanine, de los fugados Massive Attack), o comienzo a entender que la vida se ha acabado y el Mad Cool 2018 también, y me apetece quedarme en la cama con los mariachis trompeteros (que comienzan a avanzar hacia mi como en Thriller de Michael Jackson), mientras me da por escribir en mi libreta algunos adjetivos que describan, con precisión inequívoca, la frase “el niño se plantó corriendo ante la concurrencia con una granada de mano desanillada”.

Viendo lo que hay (hoy es lunes; me duelen hasta las pestañas y todavía tengo que apaciguar el hambre de mi nevera); revisados todos los manuales de supervivencia en el recinto Mad Cool (cómo mendigar por una cervecita bien fresca, cómo devorar césped de plástico; cómo escucharse a grito pelado, en cuadrafonía de sordos (como cuando Gandalf golpea, fieramente, con su vara y sus dos brazos, el suelo para iniciar un silencio de guerra)), y oídas todas las versiones de “Que te vaya bonito” (incluyendo una con flautas andinas y teclado a lo Olé Olé), decido actuar rápidamente y me largo a la calle con mi carrito de la compra. Tal cual.

Como si todo esto no hubiera sido hasta ahora más que un sueño (¿no lo ha sido?), compruebo que mi ciudad sigue en pie y que yo soy algo absolutamente real que camina por ella. Valiente, elevado al cuadrado tras mi resurrección, expuesto al gentío gris que me mira raro y al mismo tiempo salvado, aspiro el aire hirviente de un tubo de escape y compruebo, con gozo, que una musiquilla (más presente que todo lo que pueda llenar este mundo), comienza a salir de mi boca.

Y ya no hay más, excepto mi presencia en las aceras (lo dice mi sombra). Y, aunque tampoco estoy totalmente aquí con mi carro de la compra, me siento más vivo que nunca. Porque he renacido después del Mad Cool, repito. ¡He sobrevivido, sí señor!, y no hay nada y hay todo, y me siento renacer. Y es entonces cuando me paro en mitad de un puesto de frutas y agarro una sandía, y en plena fusión con el alma de Gene Kelly (¡qué bien bailaba ese hombretón!), comienzo a silbarle, bajito, bajito, con la rotundidad de un budista en pleno nirvana: “I want somebody to share / Share the rest of my life / Share my innermost thoughts / Know my intimate details…” (Quiero a alguien para compartir /Compartir el resto de mi vida /Compartir mis pensamientos más internos /Conocer mis detalles íntimos…).

PD1: Lloré, como nunca hubiera podido imaginar, escuchando a Martin Gore cantando Somebody (una canción del álbum Some Great Rewards, de 1984). Una hermosa canción de amor (eso dicen algunos) que, para mí, ha significado durante mucho tiempo, una canción de soledad (de acuerdo, eso también es parte del amor): Voz, piano y el latido del corazón resonando en su versión original (literalmente). Una de las letras mas sentimentales de Martin Gore: https://www.youtube.com/watch?v=hYrF_E6-V-Y

PD2: Pocas cosas se parecen a la felicidad que da la música en directo.