Piso veintitrés del Hotel InterContinental, en Sidney (Australia). Las vistas invitan a abrir la ventana y salir volando, a grabarlo todo como si fuéramos drones humanos. No sé por qué, veo la bahía de Cádiz en la orilla opuesta, donde presume de silueta La Ópera de Sydney. El agua es la misma aquí y allí. Estoy a punto de llorar. Por suerte (o no, ¿qué más da?), no comento esta sensación en voz alta. Además, la ventana es irrompible. Australia está sobre la cama y yo sobre el mapa que he extendido en el suelo, junto a la prensa que nos han dejado («All write now», dice su portada, lo que me parece una invitación formal para escribir sobre todo —o, sobre todo, escribir). Nos tumbamos un rato. Le digo a Alfredo que se asome al espejo; que quiero ver si saco dos monumentos a la vez. No sabe bien qué trato de decirle pero se incorpora. Disparo la cámara de mi móvil y ahí está: la bahía de Sydney, con su puentecito como de Ibertren en día de Reyes Magos, en todo su esplendor. ¿Hacemos planes para respirar? le pregunto a Alfredo; lo necesito; ya vemos luego dónde vamos a cenar (¿quién puede pensar en comer con semejante atardecer?) Le pregunto, de paso, si ya sabe hacia dónde gira el agua al caer y me doy cuenta al instante de que he preguntado una gilipollez. Me siento como un crío. Creo que, realmente, no me importaría nada que el cristal de la ventana se rompiera en mil pedazos.

PD: En primer plano, escondida, la mochila de mi hermano mayor. Definitivamente, Cádiz está aquí.